Era interesante ver como la gente normal podía leer tranquilamente en el periódico que un inmenso asteroide podría chocar con su planeta vecino y  ver como se quedaban tan tranquilos esperando la cena de Noche Buena como tal cosa.

Bien pensado y ciñéndose a los hechos, lo que iba a suceder era algo terrorífico. La verdad era que cuanto más lo pensaba peor se encontraba. Con lo inmenso que era el universo, ese simple trozo de roca de cincuenta Kilómetros de longitud sería capaz de destruir todo signo de vida en su pequeño y azul planeta. Y justo pasaría por su lado antes de impactar contra Marte...

Eso hacía que se replanteara algunas prioridades, tales como las protestas inútiles contra esto o lo otro, el disfraz de Noche Vieja o incluso si cenaría pizza o hamburguesa.

Así, mientras su mente se nublaba entre catástrofes y debacles mundiales que desembocaban en hambrunas generalizadas y nubes de tierra que ocultarían el Sol durante años provocando que ni una brizna de hierba creciera, su apetito fue decreciendo hasta el punto de no apetecerle ni si quiera un polvorón...

Zas!!!

Sintió un cachete en la nuca. Su mujer quería salir a pasear y no comprendía su gilipollez transitoria. A decir verdad, el tampoco la comprendía, así que se reízo cual ave fénix y salió a pasear sin volver a pensar de nuevo ni en el asteroide ni en su planeta vecino. Simplemente los abandonó a su destino y deseó que nunca un científico anunciara una de esas catástrofes en su planeta.

Eso, o al menos que si llegaban a predecirlo nunca lo dijeran.