Perplejidad. Esa era la palabra que mejor describía su estado de ánimo ante la frase tan desafortunada del Ministro de Economía. Decir que la gente no sabía cual era el valor real de la moneda que utilizaba todos los días, era tanto o más desafortunado que lo de las propinas. Aunque a su entender, las dos frases estaban igual de equivocadas.

Para el Ministro parecía que era normal dejar propina al hacerse un café en el bar. Él nunca dejaba una, para eso pagaba ya el café. Habían algunos que apoyaban la donación de propinas, sin caer en la cuenta de que con ellas los empresarios coaccionaban a sus camareros para rebajarles el sueldo, pues con las dichosas propinas redondearían su tan precario jornal y ayudarían al buen funcionamiento del establecimiento.

Él era contrario a esta práctica. Dar limosna se le daba a los pobres, no a un tío que ya estaba ganandose el dinero con el sudor de la frente. Además, aunque el camarero o quien fuera no entendiera en ese momento el porqué de que no le diera propina no le preocupaba, pues sabía a ciencia cierta que con ello estaba contribuyendo a la regularización total de su sueldo y a mejorar su vida laboral. Aunque ante la negativa a darla, la mirada del camarero pareciera capaz de atravesarlo de parte a parte.

Claro que eso de las propinas se juntaba con lo del conejo. Que vete tú a saber qué se habían tomado antes de salir a la palestra para decir tal mamarrachada.

Pudiera ser, pensaba el, que todo este desaguisado y el reguero de despropósitos salidos de las bocas de sus tan queridos políticos, fueran fruto de la proximidad de unas elecciones y no de una voluntad propia de evangelizar con dichas tonterías palmarias.

Al final serían simples deslices que debiéramos perdonar a quienes se pasan el día ante micrófonos y a los que siempre se les pide una valoración sobre cualquier cosa, sin otro motivo aparente, que la esperanza de que en un momento dado el susodicho meta la gamba hasta el fondo.

Nadie dijo nunca que ser político fuese sencillo, pero tampoco se le dijo nadie nunca a él, que cualquiera fuese válido para ese cargo. Y la gente que en ese momento le representaba en el gobierno parecían antes  sacados de cualquier esquina de las calles de su pueblo, que señores versados en las leyes del pucherazo político. Aunque a pucherazos tampoco les ganaba nadie.

No, si al final tendría que reconocer en ellos a sus antiguos héroes de la niñez...