Leyendo el periódico, la boca se le abría poco a poco por culpa del asombro que le producía la noticia que acababa de leer. Que los Chinos no fueran ya capaces de encontrar esposa, con la cantidad de Chinas que había en China, era impensable.

Lo que no había recordado era esa durísima represión natalicia que el gobierno de aquel país había ejercido sobre su población años atrás, limitando la descendencia en las familias y haciendo que estas prefirieran antes los nacimientos de varones que los de niñas, pues los primeros eran enviados a trabajar jóvenes, mientras que las segundas eran vistas como una carga desmesurada para la familia.

Claro que la situación de aquel país era singular. Tan singular como  se podía ser en un lugar donde el comunismo estaba en todos los estamentos de la vida, pero que se abría al capitalismo salvaje occidental, consiguiendo mantenerse impoluto en sus tradiciones más retrogradas y a la vez generar un consumismo que aliviaba la represión de su sistema político.

No entendía como se las arreglarían allí. Demasiados hombres y pocas mujeres. Ya se sabe lo que la sabiduría popular dice: "Si quien gobernara el mundo tuviera mano de mujer, las injusticias dejarían de existir". Y es que la maldición de la humanidad era que siempre había permanecido bajo el yugo de una espada empuñada por la mano de un hombre, mientras que ese mismo hombre había sido siempre gobernado con dulzura por la de una mujer. El fallo, que su gobierno siempre hubiera estado limitado a la alcoba y no hubiera traspasado nunca el umbral del dormitorio conyugal.

De eso él podía afirmar más de una verdad incómoda. Su mujer llevaba los pantalones en casa. Y desde que eso era así, ningún problema había carecido de solución rápida y satisfactoria.

Tal vez los Chinos debieran considerar que la cabeza visible de su gobierno fuese una mujer. Tal vez fuese esa una solución simple y satisfactoria, que iría cogiendo la inercia necesaria para devolver al pueblo lo que un día le fue propio...la libertad.