Hacía tiempo que se veían los síntomas de decadencia de la sociedad en la que vivía. Gente como ese Erik, altivo e inseguro, deseoso de sangre y fuego, era de lo más común en aquellos días. Alguien que se hizo amigo de una pistola no podía estar muy cuerdo.

Pero claro, a toro pasado era fácil ver los síntomas y proclamar que ese tipo era un peligro. Lo difícil era cazarlo al vuelo, evitar la desgracia antes de que se produjera. Eso sí, en ese caso no se respetaba la presunción de inocencia. No se daba la libertad necesaria que tanto había costado conseguir y se caía en el peligro de recortar la libertad ansiada para conseguir la seguridad necesaria.

Era la contradicción en la que les había tocado vivir. Luchar por tenerlo todo bajo control sin vigilar a todo el mundo. Respetar la privacidad, pero vigilar a muchos sin que estos supieran que se les espiaba. Crear capas y capas superpuestas unas sobre otras que tenían, como única función, ser la sombra de otras que a su vez les vigilarían a ellas. Era como vivir en un Gran Hermano. Al principio se podía hacer obsesivo, pero el tiempo hacía olvidar esa vigilancia.

Conforme pasaban los días, los ecos de las manifestaciones cívicas en las que se festejaba la recuperación de la libertad se iban perdiendo entre los recuerdos, hasta llegar a ser olvidados por completo sin si quiera ser hechados en falta por ninguno de ellos.

Puede que él no fuera un Erik más, pero se le parecía más de lo deseable. Realmente no le sorprendía la matanza protagonizada por Erik, sabía que incluso él mismo sería capaz de hacer una barbaridad de ese tipo. Lo único que le separaba de Erik era su pistola y la claridad de sus ideas. Sabía que en el estado actual de las cosas, cualquier persona, por muy centrada que estuviera, no necesitaba más que una simple chispa para estallar en un alarido de violencia sin freno que solo tenía un final, la muerte.