Sabía que nada le pasaría. Y no lo haría porque nada había hecho para provocarles.

Ellos, con sus banderas y algaradas, vociferadas por mentes retrasadas que no discernían entre algo democrático u otra cosa totalmente salvaje y aniquiladora, le pasarían por encima como si de una piedrecilla en el camino se tratara.

Se dirigió a ellos con paso firme y sin dejar que su nerviosismo saliera a flote. Se obligó a sí mismo a mantener la cautela necesaria para no perecer en el intento de atravesar aquella marabunta despótica que se dirigía, a su vez, hacia él.

Llegado el momento del encontronazo, su pulso tembló y con un preciso giro de talón salió en dirección contraria. Eso sí, sin perder la compostura y aparentando no haber ido nunca contra el gentío que en aquel momento le enfrentaba.

Era increíble que tras tantos años de lucha por la libertad, la gente fuera más partidaria de la represión que del respeto a la presunción de inocencia. La simple mención de una desgracia, desembocaba el una orgía de venganza que clamaba al cielo por la injusticia conocida y exigía la reprobación pública de aquel al que se le consideraba culpable...aún sin tener prueba alguna de su fechoría.

Lo peor era que ni si quiera aquellos que se jactaban de justos, eran capaces de enfrentarse con la jauría deseosa de sangre que deambulaba por las calles como si de una propiedad privada se tratara.

Este y no otro, era el mundo en el que se desarrollará nuestra historia.