En su blog, Fran habla de la muerte de sus abuelos y los recuerdos que le ha traído ir a la cabaña del bosque de los mismos. Él ha sido quien me ha recordado todo esto que ahora leeréis. La muerte de las personas queridas es siempre dolorosa. Más si se trata de los abuelos, pues el recuerdo de su vida se hace desde la niñez del que mira. Y el recuerdo de la muerte se va componiendo desde esos recuerdos de niño a la claridad que dan los años vividos.

Yo solo he visto vivir a mi abuela Lucía. Los otros tres murieron antes de cumplir yo 9 años. Cuando la niñez te impide conocerlos de verdad.

La Abuela Milagros cuando yo tenía uno y medio. Murió de Meningitis (o algo así), lo que sé seguro es que algo tenían que ver los meningococos. Nunca me ha gustado esa palabra. Yo mismo padecí esa misma enfermedad unos meses después de su desaparición, pero la suerte me salvó la vida. Según el médico, un poco más y no lo cuento. Nuca he entendido el porqué llegaron a tiempo conmigo y no lo hicieron con ella, pero así son las cosas. No la recuerdo en absoluto, y su rostro me lo traen sus fotografías. Era madre de mi padre y nunca le he oído hablar de ella. Aunque no lo aparente creo que tras 30 años sigue afectándole gravemente.

Después faltó el abuelo Vicente, padre de mi padre. De él recuerdo su boina, con la que mi hermano y yo jugábamos a ponérnosla. Siempre nos reñían por tocar las cosas del abuelo. Recuerdo su habitación y lo recuerdo a él en la plaza, con los otros abuelos sentados en los banquillos mientras los chiquillos jugábamos al balón, o los mono-patines o mil cosas más. También recuerdo el día del velatorio. Recuerdo que me colé en casa de la tía Pepica y me encontré de frente con el ataúd. Pregunté que le pasaba al abuelo y mi madre (el recuerdo no me deja reconocer los rostros que me hablaban ni el sentimiento que reflejaban), me dijo que el abuelo estaba dormido. Yo salí de allí tan campante y diciendo-me a mi mismo. "Mamá me ha querido engañar, el abuelo está muerto y está en un ataúd. Yo lo he visto" Era tan pequeño que no me daba cuenta de la crueldad de mis palabras. Salí feliz ese día del velatorio de casa mi tía. Doy gracias de no haber soltado esa frase en medio del mismo. Hubiera sido cruel por parte de un niño. Yo tenía en esos momentos 6 años.

El abuelo Aquilino. De él recuerdo su delgadez y su Seat 127. También recuerdo su sonrisa, pero como a los demás, no recuerdo su personalidad. De él lo que más recuerdo es la fotografía de su tumba y las lágrimas que derrama mi abuela Lucía sobre la misma. Y lo hago porque muchas veces he ido a acompañar a la abuela Lucía a visitarlo la misma. Todos los Sábados, todos. Ahora ya no voy, no me gusta el cementerio. Decir que solo recuerdo esto es mentira, pero es lo primero que me viene a la cabeza cuando pienso en él. En mi familia no se habla de los muertos. No es por nada, simplemente uno se los guarda para uno mismo. Puede también que la forma de morir de mi abuelo Aquilino fuera demasiado dolorosa para mantenerlo vivo constantemente en el recuerdo. Es verdad eso que dicen que el recuerdo de una persona muerta es normalmente el de la última vez que lo viste. Ya sea vivo o muerto. Al abuelo Vicente lo recuerdo siempre en el ataúd. A la abuela Milagros en una fotografía. Al abuelo Aquilino lo recuerdo vagamente sonriendo-me en el bar de mis padres. Creo que tomaron  conciencia de nosotros y no nos dejaron ir a visitarlo al hospital durante los seis meses que permaneció allí. Murió de cancer de Laringe (creo), pero antes de eso ya llevaba el pañuelo al cuello para poder hablar. No recuerdo ni el día de su funeral ni qué estaba haciendo. Simplemente dejé de verlo de nuevo.

La abuela Lucía se hace mayor muy deprisa. La muerte de sus hermanas y la de algún  que otro sobrino la han afectado gravemente. De momento sus nietos le damos fuerza suficiente para seguir viviendo. Por fin, hace cuatro años, vio como su hijo pequeño, el tío Aquilino, se casaba y tenía al cabo del año su octava nieta. Hasta ese momento habíamos sido siete, el número de la suerte. De ella lo recuerdo todo,sobre todo que le debo la vida, ya que cuando yo tenía dos o tres añitos me tiré a la cabeza, mientras bebía, un litro de amoniaco. Me cogió en vandolera y me llevó al ambulatorio del pueblo. Incluso recuerdo sus enfados con nosotros...pero sobre todo le agradezco el haberme salvado la vida. Espero que nunca le llegue el dia.

¿Que porqué te he contado todo esto? Para que sepas que tienes la suerte de recordar a tus abuelos. Para que sepas que a veces la vida no nos deja comprender lo que pasa a nuestro alrededor. Y para que sepas que la vida a tí sí que te dejó. Nadie muere mientras se le recuerda. Tú puedes mantener a tus abuelos en vida en tu memoria, otros no. Alégrate pues de tu suerte Fran.