Hay por ahí una muchacha rica, morena, delgada y algo, por no decir muy...pija, que tras cuatro meses de hacer las Américas, grita a los cuatro vientos que su vida se ha convertido en eso...un calvario.

Y no es que tenga que comer acelgas a todas horas. Ella será, seguro, de las del marisco a tutti plen, de viajes lujosos, ropas lujosas, coches lujosos, peinados lujosos...vamos que de todo a lo que se le pueda poner por delante el adjetivo lujoso.

Y está triste. No se siente valorada. Ella, la más importante de la Gran Bretaña, lo diosa del amor, del pijerío y del gasto exagerado en chorradas...eso sí, chorradas caras de las de verdad. Ella, la que le birló el corazón a David, la que tenía más dinero que su amado, la que combinaba su ropa con la de él a la perfección, a la que España le olía a ajo, el ejemplo más claro de idolatría anoréxica...se siente menospreciada.

Y lo que pasa no es que la gente la haga el vacío, lo que ocurre realmente es que de esas ya había a centenares en las Américas.

Ha ido el tuerto al país de los tuertos, creyendo que sería el tuerto oficial de todos los tuertos del mundo y se ha dado con un canto en los dientes. Porque en un país de tuertos, otro no hace más que engordar la lista. Porque en un país de pijos, lo hay que ser mucho para destacar, y se ve que ella no lo es lo suficiente. Porque en un país de fotos y poses, se ve a lo lejos que a ella le falta rodaje. Y se ve, que para ser algo parecido a la Hilton hace falta más que solo dinero, hace falta haber nacido con ese don.

Ella y su maridito, muy felices ellos con toa esa jartá de dólares que están ganando, echan de menos un poco de cariño de sus vecinos. Porque se ve que la cosa esa de llevar una tarta a los recién llegados, solo está vigente en las películas, y realmente por aquellos lares, lo que se lleva es disparar al que más destaque entre la masa, para que baje la cabeza y se convierta en uno más de la misma.

Y allí están ellos con su calvario, mientras nosotros nos seguimos levantando a la seis de la mañana, trabajamos hasta las siete de la tarde (hora arriba hora abajo) y cobramos este mísero sueldo, cuyo valor omitiré para no daros ganas de llorar.

Lo dicho, ellos viven en un calvario y el resto de los mortales en el mismísimo infierno cuando uno de estos abren la boca.