Santa Gravilla. El milagro se ha producido de manos de quién menos esperábamos. Ni  Santa Lluvia intermitente ni San Bridgestone han sido capaces de conseguirlo. Ella, esparcida por los rincones del circuito, ha obrado el milagro que todos deseábamos.

Ella es la única que iguala a todos los pilotos, lleven el coche que lleven, si decide rodearles con sus petrificados brazos. Ofrece un abrazo afectuoso al desesperado piloto, que envuelve el coche y lo eleva sobre el suelo. Y ni siquiera la ayuda (que mañana sería prohibida) de los comisarios de carrera, ha sido capaz de desembarazarla de su presa. Ella...y la fuerza que aficionados como yo, hemos hecho frente al televisor.

Ahora solo queda una carrera. El mundial está vivo. Que los santos descansen en ella. Que gane solo quien merezca ganar...o sea, Alonso.