Hace poco os dije que tenía la tensión alta. Y eso me sorprendió, yo creía que estaba hecho un toro.

Nunca me molesté en preocuparme por la sal que tomaba, ni las Coca-Colas, ni los embutidos, ni las tapitas del bar, ni las salsas (incluidas las de los macarrones), ni del pan, ni del fiambre, ni de la barriguita (exactamente como suena, ni más ni menos)...Y de golpe y porrazo todo mi mundo se he ido a la mierda, digo al garete.

No es que esté a punto de morirme, pero el doctor me ha prohibido comer todo aquello que tenga alguna relación (por pequeña que sea), con el sentido del gusto. Imaginaos que tuvierais que comer siempre en un hospital, pues eso es exactamente lo mío.

La verdad es que tengo que decir que soy poseedor de una suerte suprema, mi mujer se está estrujando el cerebro para poder cocinar sin sal, pero sin quitar sabor a la comida. De momento está probando a cocinar con hierbas (las de fumar no colgaos!), y de momento está saliendo bien el truquito. Eso sí, siempre recordaré con cariño aquellos largos años comiendo patatas fritas con mucha sal. Y aquellos huevos caídos (fritos) saturaditos de sal también...se me hace la boca agua...¡¡¡Qué pena más grande tengo Dios mío!!!

Ahora hago ejercicio todos los días. Hago la dieta (con algún impás que otro, la carne es débil) y voy bajando kilitos y centímetros de cintura...JAJAJA.

Me he tenido que poner un cartel luminoso en la puerta de la nevera que pone:

"Tomarse la pastilla de la tensión"

Y a continuar viviendo. También me dijo el doctor que esto de la tensión es hereditario. Mi padre también la tiene.

Ya hay tres cosas que mi padre me ha dado en herencia que no me gustan. Esta de la tensión, la de ir a trabajar todos los días y la incipiente calvicie que me acosa cada vez que me corto el pelo.

Tres cosas que nunca pedí, pero que mi padre me regaló por el amor que me tiene.